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La noche de los cristales rotos.

Qué nos enseña la historia a 63 años de la Kristallnacht

Dr. Andreas Nachama*
Conferencia 5/11/2001

Contexto histórico que explora como se desemboca en la “Noche de los cristales rotos”, dónde se volvió visible la muerte, el traslado a campos de concentración y las deportaciones masivas. La memoria activa, la Alemana actual.

El tema que nos convoca hoy es lo sucedido en Alemania el 9 de noviembre de 1938. Quisiera comenzar por plantear estos hechos en el contexto de la historia del siglo XX, puesto que sólo así podremos comprender lo que estos significaron. Esa historia comenzó en 1918, con el final del Imperio del Kaiser y el nacimiento de la República de Weimar. Fue ésta una república débil, y a ello contribuyeron diversos factores. Las condiciones del Tratado de Versalles, inaceptables para todo un sector de la población, el asesinato del ministro de relaciones exteriores Walter Rathenau en 1922 (asesinado posiblemente por ser de origen judío), la acusación de los generales a la revolución que había obligado a abdicar al Kaiser, (es decir, a la República), de ser la responsable de la derrota de Alemania, la falta de trayectoria y experiencia de esa democracia, todo contribuyó a configurar una situación muy frágil que se fue intensificando a través de los enfrentamientos y la violencia callejera, hasta desembocar, cinco años después de la fundación de la República, el 9 de octubre de 1923, en la marcha de los nacionalsocialistas. Esta vez todavía pudo imponerse la democracia; pero, como comenta el historiador Sebastian Haffner, los tribunales que juzgaron a Hitler en esta oportunidad seguían estando muy apegados a la ideología del Imperio, y la condena que le aplicaron fue sumamente moderada, una especie de pacto entre caballeros; en su confortable reclusión Hitler terminó de redactar Mi lucha. Pero mucho más grave que esta laxa condena fue el hecho de que la República de Weimar nada hizo para defenderse de sus enemigos, para detenerlos o poner un punto final a sus intentos. La democracia no sólo no se defendió, sino que comenzó a establecer un diálogo crítico, pero diálogo al fin, con el Partido Nacionalsocialista, y éste aprovechó esos años para consolidarse ideológicamente. Las instituciones nada hicieron ante los encuentro anuales de los nazis y los ataques contra la democracia que constituian los discursos en esas oportunidades. No hubo reacción. Así que, cuando a fines de la década del veinte comenzaron a ingresar los primeros diputados y representantes nacionalsocialistas en los Parlamentos Regionales y también en el Parlamento Nacional, estos aprovecharon todos lo privilegios y fueros parlamentarios sólo para atacar lo que ellos llamaban “el sistema”, o sea la democracia. Si hay algo que aprender de la Historia es que si un 20% de la población apoya activa o pasivamente a sectores golpistas el sistema político marcha al colapso. Porque la mayoría, el 80%, no actúa, no participa ni se defiende activamente; entonces, con un 20% decidido, el sistema colapsa. Esto es lo que pasó en la Revolución Francesa, las revoluciones en torno a 1848, también en la Revolución de Octubre (puesto que los bolcheviques eran una minoría), y por útimo en Alemania, donde una minoría hizo caer el sistema. Porque los sistemas democráticos son lentos, se preocupan por defender la legalidad, etc., y esa lentitud finalmente promueve el colapso.

En las elecciones sucesivas los nazis no alcanzaron inmediatamente la mayoría; de hecho cuando en 1933 llegaron al poder sólo alcanzaron a tener un 30% de representación parlamentaria. Paradójicamente todo lo que lograron estos sectores antidemocráticos se basó en la utilización de todos los recursos que brindaba la democracia para imponer sus fines. Demasiado conocidas son las etapas que siguen: exclusión de comunistas y socialistas, incendio de Reichstag, boicot a los negocios judíos, quema de libros, etc. Uno de los errores trágicos de la República de Weimar fue considerar a los nacionalsocialistas como un partido más, y a las personas que integraban ese partido como ciudadanos comunes y no como opositores y enemigos. Y cuando en 1933 esa minoría tomó el poder y comenzó a destruir sistemáticamente todas las instituciones democráticas de Alemania, tampoco los otros gobiernos europeos consideraron a los nazis como enemigos, sino que consideraron que era factible sentarse a negociar y tener con ellos acuerdos de caballeros. A escala europea y en la política exterior volvió a repetirse lo que había sucedido en la política interior de Alemania entre 1923 y la toma del poder. Lo trágico de esta repetición fue que llevó a un error de apreciación a los que se habían quedado (los opositores al régimen ya habían emigrado, estaban presos o en campos de concentración, o habían sido asesinados) y observaban los hechos de manera pasiva: basándose en la experiencia de la República de Weimar pensaban que el gobierno de los nacionalsocialistas acabaría pronto, y además se caería solo. Por otra parte, todas las verdades que desde el exterior trataban de difundirse sobre el trato a los enemigos del régimen, a los judíos y a otros grupos que serían excluidos, eran calificadas por el gobierno como ataques propagandísticos de los enemigos del pueblo. Por último, los Juegos Olímpicos de 1936 mostraron a una Alemania ordenada, homenajeada por las naciones extranjeras.

Dos años más tarde, en vísperas del 9 de noviembre de 1938, vigésimo aniversario de la fundación de la República de Weimar, comenzó a generarse dentro del partido la demanda de que debía darse una clara señal de que las cosas habían cambiado, que se había terminado definitivamente esa “república de los judíos”, como solían llamarla. Entonces los nazis tuvieron la idea de tomar como objetivo a los judíos polacos que habían perdido su nacionalidad a consecuencia del Tratado de Versalles y habían optado por Alemania porque sentían su pertenencia a ese país. Esta fue la primera campaña que llevaría a las deportaciones masivas; en una acción masiva organizada con gran precisión decenas de miles de personas fueron trasladadas a las comisarías y luego, en trenes y ómnibus, a la frontera polaca; las autoridades de Polonia les impidieron ingresar a ese país y así, muchos de ellos murieron durante las primeras noches que pasaron a la intemperie en esa tierra de nadie. La diplomacia europea se mostró consternada pero no hizo nada. Fue entonces cuando el joven hijo de una de esas familias abandonadas a su suerte, Hershel Grynszpan, atentó contra la vida del tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst von Rath, para llamar la atención de la opinión pública mundial acerca de lo que estaba ocurriendo. Al conocerse la noticia de la muerte de von Rath ya estaba preparada la reacción: del 9 al 10 de noviembre fueron atacados negocios y domicilios de ciudadanos judíos, sinagogas y numerosas personas. Durante esa noche, llamada luego Noche de los Cristales Rotos, fallecieron más de 200 personas y más de mil fueron trasladadas a los campos de concentración de Sachsenhausen y Buchenwald.

Las consecuencias de la Noche de los Cristales no han sido investigadas exhaustivamente hasta el día de hoy. Ciertamente fue un punto de inflexión porque ya no eran libros lo que se quemaba; ahora había edificios y sinagogas en llamas, gente encarcelada y asesinada, es decir, se volvía visible lo que estaba pasando. Pero de lo que estaba pasando no hay demasiada documentación ni testimonios. Existe el acta de una reunión en el Ministerio de la Fuerza Aérea del Reich en la que Goering enumera las consecuencias y los daños ocasionados por la Noche de los Cristales y termina lamentando que los judíos asesinados no hubieran sido 500 en lugar de 200. En esa misma reunión se dispuso, con la inconcebible lógica que caracterizó a los nazis, que la comunidad judía de Alemania debía pagar al Reich mil millones de marcos por los daños ocasionados, como si ellos mismos no hubieran sido los únicos perjudicados. Hay que decir que se registraron algunas reacciones en defensa de las sinagogas u otros lugares, como ocurrió con Kritzfeld, un vigilante de barrio que impidió la destrucción de una sinagoga de Berlín con el argumento de que era un monumento nacional. La Noche de los Cristales causó cierta irritación en la población, porque no se admitía que fueran atacados lugares religiosos. Esa irritación tuvo como consecuencia que el genocidio del pueblo judío se organizara y se llevara a cabo en forma secreta, porque se temían reacciones de solidaridad como las que habían existido durante la Noche de los Cristales.

Para concluir quisiera plantear cómo es posible conmemorar lo que sucedió esa noche. Y quisiera traer a colación cuáles fueron las reacciones después de 1945. En el otoño de ese año, en el primer recordatorio, Werner, el jefe de gobierno de Berlín, hizo votos para que en el futuro la comunidad judía estuviera protegida de esos ataques, y para que se aprendiera del pasado, para que se aprendiera de la Historia. Y es bajo este lema, aprender del pasado para que nunca más se repitan estos hechos, que se desarrollan todas las conmemoraciones de la Noche de los Cristales en Alemania. El año pasado, por ejemplo, el presidente alemán habló ante 250 000 personas reunidas ante la Puerta de Brandenburgo, y volvió a subrayar la importancia de lo que en Estados Unidos se ha dado en llamar “Holocaust Education”. Se sabe que nadie nace nazi, nadie nace nacionalsocialista, la gente se hace nacionalsocialista porque le faltó educación y porque le faltó ilustración. Los que nos ocupamos de este pasado consideramos que, más que en recordatorios pasivos, monumentos, esculturas y placas conmemorativas, hay que pensar en una memoria activa, en crear centros educativos donde se aprenda qué fue el Holocausto. Cada vez quedan menos testigos de la época, por lo que habrá que pensar cómo podrán las generaciones futuras saber lo que pasó y por qué pasó. Hay que mencionar que los planes de estudio de la escuela alemana disponen que los estudiantes vean este tema tres veces a lo largo de su paso por las aulas. Hay, además, toda una serie de exposiciones educativas generadas por las instituciones más diversas: archivos de las ciudades, comunidades religiosas, etc. Una interesante iniciativa de un grupo de doce ciudadanos berlineses ha fructificado, en septiembre de este año, en la inauguración del Museo Judío de Berlín, acaso el más grande dedicado a la cultura judía.

Actualmente hay una comunidad judía de 100 000 personas en Alemania, y existe una actitud por parte del gobierno que subraya esta presencia en la vida pública alemana y reconoce este legado. Es importante destacar que hay una nueva actitud en esta nueva Alemania. También las iglesias cristianas desean acercarse a las sinagogas y compartir la vida actual y cotidiana con la comunidad judía. En cuanto a la cuestión del antisemitismo en la Alemania de hoy, quisiera decirles que para cualquier político alemán, hacer cualquier manifestación antisemita equivale a una condena a muerte. Si las cosas hubieran sido así hace cien años la historia habría sido diferente.

* Invitado por el Goethe Institute, el Dr. Andreas Nachama ha sido desde 1997 hasta mayo de 2001 presidente de la Comunidad Judía de Berlín. Desde 1994 es director ejecutivo de la Fundación Topografía del Terror, en Berlín. Es judaísta y periodista, graduado en 1981 en Historia y Judaísmo en la Universidad Libre de Berlín. Comenzó como asistente científico en la cátedra de Historia Moderna de la Universidad Ruhr de Bochum. Fue colaborador ejecutivo desde 1981 hasta 1993 en los Festivales de Berlín. Fue responsable de la coordinación de los trabajos de Relaciones Públicas de la Fiesta de los 750 años de Berlín. Obtuvo la dirección de la exposición Mundos de Vida Judía, y desde 1992 se ocupa de la dirección artística de las Jornadas Culturales Judías en Berlín. Ha ganado reputación como autor de un gran número de publicaciones sobre Historia judío-alemana y cuestiones científico-culturales.

Fuente: http://www.fmh.org (Fundación Memoria del Holocausto, Montevideo 919, Buenos Aires)

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