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El Ghetto de Varsovia.

La formación de esta ciudad-prisión, las insuperables dificultades de la vida, el contrabando de alimentos y el funcionamiento del Judenrat.

Introducción

En abril de 1993 viajé a Polonia, donde realizarían las ceremonias correspondientes al Cincuentenario de la Rebelión del Ghetto de Varsovia. Llegar a esa ciudad sobre la cual tanto había escuchado en mi infancia de boca de mis padres, caminar por sus calles cuyos nombres me resultaban familiares, escuchar el idioma polaco… todo eso me producía sentimientos extraños. Me parecía volver a un lugar que me resultaba conocido y al mismo tiempo amenazante.

Allí, en esas calles, se desarrolló una de las mayores tragedias de la historia judía contemporánea; allí también se puso de manifiesto uno de los más grandes actos de heroísmo judío. Allí también había existido la mayor comunidad judía de Europa, la segunda del mundo.

La mayor comunidad judía de Polonia y de Europa era relativamente nueva. Otras ciudades de ese país tenían comunidades más antiguas, como Cracovia o Lublin, cuya existencia podía contarse por siglos. La de Varsovia creció lentamente y sólo después de 1815 comenzó a crecer vertiginosamente, hasta alcanzar 337.000 almas (38,1% del total); en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Dentro del panorama general de atraso y opresión que caracterizaban al Imperio Ruso que dominaba a Polonia, los judíos asumieron un rol protagónico en el desarrollo de las industrias, el comercio y el crédito. Pero no solamente eso. Varsovia pasó a ser una comunidad judía multifacética y moderna, donde lo nuevo y lo viejo confluían, se interpenetraban y actuaban.

Ese centro tenía muchas de las características de las comunidades tradicionales, nucleadas alrededor de las actividades religiosas y de beneficencia, pero al mismo tiempo comenzaron a desarrollarse tendencias innovadoras, desconocidas hasta entonces en el mundo judío. Hicieron su aparición movimientos innovadores: el sionismo, el socialismo judío representado por el Bund; una potente actividad artística y literaria en idish mayoritariamente, pero también en hebreo. En la década del treinta se editó así por primera vez un libro de Freud (Totem y Tabú) en ese idioma, además de la incesante producción en todos los géneros en el idioma materno –el idish–. Los judíos de Polonia, que constituían el 10% de la población general, no eran solamente una minoría religiosa, sino también nacional y luchaban para que sus derechos fueran reconocidos.

Entre las dos guerras comenzó a difundirse entre los judíos el uso del idioma polaco, que era hablado por una importante proporción de la población judía. Pero para Polonia los judíos eran considerados ajenos, extraños, no merecedores de gozar de todos los derechos. Un fuerte sentimiento antisemita se hacía sentir cada vez con mayor fuerza, dando origen a sangrientos pogroms en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. El ejemplo de lo que estaba sucediendo en Alemania constituía un modelo a seguir para los polacos y una amenaza para los judíos, que abrigaban sentimientos ambivalentes. Amaban ese país, sus paisajes, su naturaleza, pero no eran correspondidos. Polonia era para ellos “una madrastra”, según palabras de Simja Snéh.

La inmensa y riquísima creatividad judía sería puesta a prueba ante la terrible catástrofe que se acercaba. Nadie pudo predecirlo, y los que lo intentaron, pintaron un cuadro distorsionado. Iakov Glatstein, un poeta judío que vivía en New York, escribió en abril de 1938 un poema titulado Buenas noches mundo, que comienza de este modo: “Buenas noches mundo, ancho pestilente mundo; no eres tú, soy yo quien da el portazo, puesto el largo talego, con el llameante remiendo amarillo, orgulloso el paso, por mi propio mandato, vuelvo al ghetto…”. Se hablaba ya de ghettos y el poeta consideraba que sería bueno volver, dándole la espalda a ese mundo hostil.
La realidad que se desarrolló posteriormente fue totalmente distinta. No se trataba de volver al pasado, que además era imposible. Era algo totalmente nuevo, inaudito que los judíos tendrían que enfrentar en breve. Sólo el nombre y los símbolos eran familiares. El pasado estaba delante. El futuro era totalmente desconocido, nunca una repetición.

Al cumplirse sesenta años del establecimiento del ghetto de Varsovia, ofrecemos algunos fragmentos de nuestro libro: Los ghettos bajo el dominio nazi. Sea éste nuestro homenaje.

El ghetto de Varsovia

“El ghetto de Varsovia existió en su forma “normal” desde el 16 de noviembre de 1940 hasta el 22 de junio de 1942, cuando comenzó la deportación masiva de sus habitantes. Durante siete semanas fueron llevados diariamente miles de judíos hacia el campo de muerte en Treblinka. Aun después, el ghetto siguió existiendo dentro de límites más reducidos y su estructura fue diferente. Desde entonces y hasta el 19 de abril de 1943, fecha en que comenzó la insurrección conocida como la “Rebelión del Ghetto de Varsovia”, los judíos que quedaron en el ghetto estuvieron sometidos al duro régimen imperante en los campos de concentración.

Cuando el ghetto se formó, se extendía sobre una superficie equivalente al 2,4 por ciento de la ciudad de Varsovia. Eran muchísimos habitantes que vivían en pocas calles. De acuerdo con el periódico oficial Gazeta Zydowska, 380.740 personas vivían en el ghetto, el 1º de enero de 1941. De éstos, 1.718 eran católicos, protestantes y griegos ortodoxos. ¿Cómo llegaron esas personas que no se definían como judíos al ghetto? Al principio de la ocupación alemana, una asociación cristiana pidió protección para esas personas que no pertenecían a la religión judía. Eran conversos mayormente. Los alemanes pidieron la lista, así como las direcciones de los interesados. Cuando llegó el momento los fueron a buscar y los encerraron en el ghetto, aplicando principios raciales –no religiosos–. La población del ghetto siguió aumentando, pues siguieron las deportaciones y el 1º de marzo de 1941 ya eran 445.000 personas. Luego, debido a la alta tasa de mortalidad, la población comenzó a declinar. Durante el año 1941 más de 43.000 judíos murieron en el ghetto, alrededor del 10%. La muerte por hambre era uno de los objetivos del régimen nazi hacia los judíos. El mismo Hans Frank ya lo había dicho: “Hemos condenado a 1.200.000 judíos a la muerte por hambre. Si eso no sucede, deberemos implementar otras medidas”. Sin embargo, no existen pruebas que ya desde el comienzo se pensara en la exterminación masiva sistemática, tal como se realizó después. Podía hablarse, tal vez de una exterminación indirecta, vale decir, la muerte provocada por la acción combinada del hambre, las enfermedades endémicas y epidémicas, la deportación y las durísimas condiciones en los campos de trabajo. La tasa de mortalidad entre los judíos aumentó veinte veces, en comparación con la existente en agosto de 1939. La razón principal era la desastrosa situación imperante en materia de alimentación.

Los alemanes asignaron a la población alemana de Varsovia una dieta de 2.613 calorías; a los polacos 699 y a los judíos 184, apenas el 15% del diario necesario. De acuerdo con un cálculo, la ración de comida asignada a los judíos en un mes, no alcanzaba ni siquiera para una dieta normal de tres días. En esas condiciones, el ghetto habría perecido en poco tiempo. La única solución era procurarse el faltante, aunque fuera parcialmente, por medios extralegales: el contrabando. Czerniakov, el presidente del Judenrat, le dijo a ciertos círculos que el 80% de los alimentos ingresados al ghetto lo hacía por esa vía. Al principio no fue difícil: la vigilancia no era muy estricta. En cada uno de los portones del ghetto había dos policías polacos, dos alemanes y dos judíos que vigilaban desde dentro del ghetto. A veces, el muro dividía casas. Era fácil practicar un boquete y pasar a la parte aria. A fin de impedir estos movimientos, los alemanes decidieron suprimir partes enteras del ghetto y establecer la línea divisoria en medio de la calle. Los centinelas alemanes recibieron órdenes estrictas de no permitir ningún movimiento de alimentos sin la expresa autorización de las autoridades. Ante cualquier transgresión abrían fuego. Actuaban dos tipos de operadores: los pequeños contrabandistas, que trataban de infiltrar pequeñas cantidades de alimentos para el mantenimiento propio y de su familia y los grandes contrabandistas, que encararon el contrabando como una empresa y operaban en gran escala. Ellos fueron los que introdujeron la mayor cantidad de alimento al ghetto. Actuaban a través de distintos canales, pues uno solo no hubiera tenido éxito. Tampoco se hubiera podido, por medio de ese único canal, introducir la gran cantidad de alimentos y otros bienes que el ghetto necesitaba. Estas operaciones cobraban diariamente su cuota de víctimas que, a pesar de ascender constantemente, no impidió que el contrabando prosiguiera. El descubrimiento de un boquete en los muros de 3 metros de altura o la captura de un hombre o incluso de una banda de contrabandistas, no podía detener el flujo. Descargar un carro o un camión, llevaba sólo unos minutos.

¿Quiénes se ocupaban de esta tarea? Los contrabandistas, que se transformaron en una nueva élite. Sólo algunos pocos se habían dedicado al comercio antes de la guerra. La mayoría provenía de las clases bajas de la población judía; algunos, verdaderos delincuentes: ladrones o comerciantes de objetos robados. Estaban acostumbrados a una vida de riesgos y aventuras. Ellos se adaptaron rápidamente a las condiciones anormales, aplicando toda su capacidad y recursos. En total, miles de personas estaban involucradas en el contrabando, pues de eso vivían.

El efecto de las ganancias

Los grandes contrabandistas, que ganaban inmensas sumas de dinero, abrieron lujosos restaurantes y confiterías en el ghetto. Allí aparecían en compañía de alemanes, que eran sus socios. Su lema era: “come, bebe, sé feliz, porque mañana moriremos”. Aunque su actividad y especialmente la obtención de riqueza que hacían en medio de la generalizada miseria provocaban duras críticas, muchos reconocían que sin ellos, el ghetto simplemente habría muerto de hambre.

Los “pequeños contrabandistas” estaban compuestos por dos elementos: a) los judíos que diariamente eran conducidos fuera del ghetto para realizar allí trabajos, aprovechaban la ocasión para ponerse en contacto con polacos de quienes adquirían alimentos, a cambio de bienes o dinero. Luego debían pasar por controles a la entrada del ghetto, donde seguramente debían entregar parte de lo adquirido a los centinelas. También había mujeres judías que se dedicaban al contrabando, era más fácil para una mujer ocultar su condición judía. Con todo, había que tener gran coraje para hacerlo. b) Los niños: ellos eran los más apropiados para pasar a través de pequeños orificios en el muro. Llegaban a la parte aria de Varsovia, a veces mendigaban; otras, se juntaban en pequeñas bandas que se dedicaban al robo y volvían al ghetto con el botín. Estos niños se transformaron en muchos casos en los sostenes principales de sus familias. Su aspecto inspiraba muchas veces compasión. Los guardianes polacos e incluso los alemanes miraban hacia otro lado cuando esos niños, cargados con sus mercancías, regresaban al ghetto. Otras veces, disparaban sin compasión. Un famoso abogado de preguerra, León Berenson, dijo que después de la guerra “será necesario erigir un monumento al niño contrabandista que salvó al ghetto de morir de hambre”. Lamentablemente, el famoso abogado se equivocó: el ghetto no se salvó y los niños contrabandistas fueron asesinados con todos los demás judíos cuando llegó el momento.

Hay varias preguntas que deben formularse: 1) ¿Cómo se financiaba el contrabando?, 2) ¿Qué actitud adoptaron los polacos?, 3) ¿Qué actitud adoptaron los alemanes? El contrabando de productos alimentarios, cuyos precios eran mucho más altos que en el mercado legal, debía provenir de alguna fuente. Al principio, la gente se desprendía de sus ahorros, sus joyas, sus objetos de valor. Eso no podía ser suficiente para esa actividad durante mucho tiempo. Pues conducía rápidamente a la pobreza, a la miseria, al agotarse las reservas. El rico de hoy sería el pobre de mañana. Era necesario encontrar otra fuente. El corte de los contactos entre judíos y polacos no pudo sostenerse por mucho tiempo. Era totalmente artificial. Si bien beneficiaba a los polacos, porque eliminaba a sus odiados competidores, a la larga, era contraproducente. Por esa razón, lentamente comenzaron a reanudarse (clandestinamente, se entiende) los contactos. Comenzaron a llegar pedidos y el ghetto comenzó a trabajar para satisfacerlos. Floreció una industria clandestina dentro del ghetto, que “importaba y exportaba” productos, de modo semejante al que utilizaban los contrabandistas de alimentos. Incluso máquinas entraban desarmadas al ghetto, además de materia prima. ¿Y los alemanes? Si bien oficialmente combatían el contrabando, por otro lado eran conscientes de que la gran capacidad de inventiva, de improvisación que manifestaban los judíos del ghetto, también los beneficiaba a ellos, ya que esos productos eran requeridos por los alemanes. A veces, camiones de la Wehrmacht (Ejército Alemán), entraban al ghetto introduciendo maquinarias y materias primas.

Se planteaba pues, una situación contradictoria: por un lado, estaban determinados a matar a los judíos por hambre pero, si lo hacían, se privaban del producto del esfuerzo judío. Sin embargo, las órdenes decían que los contrabandistas judíos que fueran capturados en la parte aria, debían ser fusilados sin más trámites, sin importar si eran hombres adultos, mujeres o niños. Cuando esas medidas se implementaban severamente, decrecía el contrabando y aumentaba inmediatamente el precio de los alimentos. Además, había muchos beneficiarios del contrabando como para que cesara totalmente. En primer lugar se beneficiaba la policía judía, que pasó a asociarse con los contrabandistas. Amplios círculos en el ghetto opinaban que el contrabando era una bendición. El maestro Kaplán anotó en su diario: es gracias al contrabando que existimos. El precio de los alimentos contrabandeados era 20-50% más caro que el que se adquiría legalmente, pero éste, como hemos visto, era muy escaso. Legalmente, los judíos no debían tener ya recursos para vivir, porque a partir de septiembre de 1940, Goering emitió la orden decisiva: toda propiedad judía debía ser confiscada, con la excepción de las pertenencias individuales, tales como ropas y muebles y 1.000 zlotys en efectivo. Los alemanes lograron ganarse la buena voluntad de los polacos, que se beneficiaron por la eliminación de los judíos del ámbito de la economía. Decían que los gobiernos de la Polonia independiente no se atrevieron a ir tan lejos. Por esa razón las organizaciones clandestinas polacas aprendieron, rápidamente, que debían excluir la cuestión judía de sus críticas a los alemanes. Defender los derechos judíos no era popular. Asimismo, hicieron saber a los representantes secretos del gobierno polaco en el exilio en Londres, que dejaran de hablar de la restitución de los derechos y los bienes robados a los judíos, para cuando terminara la guerra. Eso no debía suceder, y de hecho no sucedió. El florecimiento de la actividad económica de los judíos de Varsovia podía ser considerado como un éxito en el corto plazo Sin embargo, los problemas básicos seguían existiendo sin cambios, pues al mismo tiempo que la actividad económica parecía brillante, aumentaba asimismo el hambre y la opresión, y la brecha entre los ingresos y los precios no disminuía. Poco a poco comenzaron a abrirse en el ghetto verdaderas fábricas cuyos propietarios eran alemanes. En el ghetto encontraban abundante y barata mano de obra capaz. Sin embargo, los propietarios alemanes no estaban dispuestos a aumentar los salarios. Después de los descuentos efectuados, le quedaba al obrero judío un salario neto de 3 a 5 zlotys, que ni siquiera alcanzaba para comprar medio pan. El ghetto estaba librando una terrible lucha para poder sobrevivir, apelando a todos sus recursos: económicos, morales, culturales, religiosos.

El funcionamiento del Judenrat

El Judenrat no era para nada semejante a la kehilá. Su autoridad era infinitamente mayor. Antes de la guerra, la kehilá se ocupaba mayormente de los asuntos religiosos y las cuestiones de beneficencia. Es cierto que había otras actividades que eran el campo de acción de otros grupos: políticos, económicos, culturales, etc. Ahora, al encerrar a los judíos en el ghetto, la función del Judenrat se acercaba a la que realizaba en tiempos normales una municipalidad. Pero había una diferencia fundamental. Era una municipalidad que funcionaba dentro de una inmensa prisión, una prisión urbana, como jamás había existido en la historia. La dirección del ghetto era la responsable directa por el funcionamiento de los diversos servicios que debía tener una ciudad, pero al mismo tiempo, carecía de los atributos para poder materializarlos. El Judenrat no estaba para satisfacer las necesidades de los judíos, sino las de los alemanes. Debía ser el transmisor de sus órdenes y personalmente responsable por su cumplimiento. Dichas órdenes implicaban severas restricciones y sacrificios para los pobladores del ghetto. El Judenrat actuaba bajo una incesante presión que debía forzosamente transmitir a los habitantes del ghetto. Éstos pensaban que el Judenrat era el responsable directo por sus privaciones. Por lo tanto dirigían contra él sus quejas y también su ira. El punto más conflictivo era la desigual carga impositiva y los métodos de movilización de los obreros para los campos de trabajo. Una orden explícita anunciaba a los judíos de Varsovia que “solamente podían dirigirse a las autoridades alemanas por intermedio de las autoridades judías”.

El Judenrat de Varsovia estuvo compuesto en la mayor parte de su período de vida por personas valiosas, que representaban a respetadas instituciones de la preguerra. Además de Czerniakov, que había activado anteriormente en la kehilá, estaba Abraham Gepner, que había sido el presidente de la Unión de Comerciantes judíos y miembro del Consejo Municipal de Varsovia. Joseph Jaszunsky fue el presidente de la Asociación Ort en Polonia, además de miembro del YIWO. El Dr. Gustav Wielikowsky era un conocido abogado y miembro de la Organización de Autoayuda Judía. Stanislaw Szereszewsky había sido, antes de la guerra, presidente de la Organización Toporol, que promovía la agricultura entre los judíos. Meshulam Kaminer era miembro dirigente de la Agudat Israel. Estos son algunos de los ejemplos. Sin embargo, la composición del Judenrat comenzó a alterarse, al salir poco a poco estos respetables miembros y ser reemplazados por personas de dudosa reputación, que fueron evidentemente infiltrados por los nazis. La principal queja contra el Judenrat estaba dirigida principalmente contra el sistema impositivo. Debido a la falta crónica de fondos, el Judenrat, en lugar de hacer pagar lo que correspondía a aquellos que tenían más posibilidades, decidió imponer una política de “igualdad”.

Todos pagarían en la misma medida: los que tenían y podían, y los que carecían de medios, a través de los impuestos indirectos. Esto significaba, en la práctica, aumentar los precios de los artículos de primera necesidad, con las terribles consecuencias que eso representaba en esos momentos.

Algo semejante sucedió con la movilización de obreros para los campos de trabajo. Cuando las exigencias de los alemanes se hicieron impostergables y el Judenrat se vio obligado a responder a sus demandas, no fueron los físicamente fuertes y los menos vulnerables los que fueron enviados, sino los débiles, los que estaban muriendo de hambre. El Judenrat y la policía judía evitaban causar daño a las personas de influencia. De ese modo las cargas que debían ser soportadas por toda la comunidad recaían sobre sus miembros más débiles. Esta conducta causó gran amargura y alejó a las masas del ghetto del Judenrat. Probablemente, el Judenrat estaba ante tareas de cumplimiento imposible. Porque enviaban al duro trabajo a personas que, de todos modos, estaban condenadas a morir, debido al hambre sufrido, tratando de esa manera de preservar a los que todavía estaban sanos y tenían más chances. Por otra parte, parece injusto emitir juicios de valor acerca de una época y situación en la que ninguno de nosotros vivió. No podemos, desde nuestra vida actual, decidir qué es lo que Czerniakov tendría que haber hecho en aquellas circunstancias. Él y los demás miembros del Judenrat trabajaban bajo una terrible presión, mejor dicho, bajo una doble presión: por un lado, las autoridades alemanas exigían cada vez más y no se les podía siempre decir no. (Esto llegó a su momento más trágico cuando exigieron la entrega de 5.000 judíos o más diariamente, no ya para trabajar, sino para ser enviados a las cámaras de gas. Ante tal demanda, Czerniakov tomó cianuro y se suicidó. No por eso dejó de cumplirse la fatídica orden). Por otro lado, las sufridas masas del ghetto esperaban que las autoridades judías los defendieran, tal como había sucedido a lo largo de toda la historia judía. Para eso estaban. En el pasado, los notables judíos usaban sus influencias para frenar alguna medida antijudía o moderarla. No siempre tuvieron éxito. Por ejemplo, Don Isaac Abrabanel, el influyente judío en la corte de España, no pudo hacer cambiar la orden de expulsión decidida por los reyes católicos. La historia registra generalmente los triunfos, no las derrotas. El ghetto era una experiencia totalmente nueva. Sólo el nombre era igual. Todo lo demás era totalmente distinto. Los líderes de los ghettos bajo el dominio nazi, trataron desesperadamente que éstos perduraran, de que sobrevivieran la mayor cantidad de tiempo posible. Tal vez, la guerra se terminaría, Hitler sería derrotado y lo vivido sería recordado como una terrible pesadilla. Pero no pudo ser. El ghetto de Varsovia no duró siquiera dos años enteros.”

De: “Los ghettos bajo el dominio nazi”. Cap. iv. Ediciones Tarbut.

Fuente: http://www.fmh.org (Fundación Memoria del Holocausto, Montevideo 919, Buenos Aires, Argentina)

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Video que muestra la vida en el ghetto.

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