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Científicos Nazis en Argentina.

Repasando las historias de Ronald Richter, Kurt Tank, entre otros fraudes notorios a los que sucumbió el propio Juan Domingo Perón, da la sensación de que los nazis que aquí vinieron tenían algo de truchos, de clase B.

En líneas generales, Carlos De Nápoli, el autor del libro Los Cientificos Nazis en la Argentina, está de acuerdo con la afirmación, pero concede un par de excepciones. Literalmente dos. Uno es Friedrich Bergius, premio Nobel, inventor del petróleo sintetizado a partir del carbón y (nada menos que) uno de los autores del primer plan quinquenal peronista. “Era un genio que no fue del todo aprovechado por las limitaciones propias del establishment argentino”, sintetizó De Nápoli a PERFIL. El otro científico de calidad es Reimar Hortner. “Es el inventor del ala voladora; con esos planos, los Estados Unidos diseñó el bombardero V2”, añadió. Aquí también se lo ignoró.

El resto. Los demás son científicos intelectualmente descartables para el desarrollo de la nación. Y que además cargaban con ese pasado de colaborar con uno de los regímenes más sanguinarios de la historia de la humanidad.

El caso más flagrante es el de Ronald Richter. Tan evidente fue el fraude, que a muchos les cuesta creer que cayera en la trampa el propio Perón (del que se pueden decir muchas cosas, entre las que no está la carencia de astucia). El alemán le “vendió” al Gobierno argentino una promesa de energía limpia, barata y aparentemente ilimitada. Una panacea. Se trataba de la fusión nuclear (y no fisión, la usada aún hoy en las centrales), algo en teoría posible pero lejísimo de concretarse, incluso ahora en pleno siglo XXI.

De Nápoli calcula que se gastaron decenas de millones de dólares a dinero de hoy en el utópico emprendimiento. “Richter ni siquiera trabajaba, hacía que trabajaba”, agregó el también autor de Nazis en el sur. “Perón le cree porque era amigo de Kurt Tank”, siguió.

En el siguiente fraude, Perón colaboró con menos ingenuidad. Pero se trata de otro papelón; en este caso, aéreo. En lugar de financiar desarrollos estratégicos, como los de Hortner, se prefirió apostar a lo que podría definirse como “mucho ruido y pocas nueces”: se usó como propaganda política al Pulqui II, una avión que no pasó del prototipo, pero que venía bien para las populares megademostraciones peronistas. “Era un modelo obsoleto que no tuvo continuidad mundial, pero cundió tanto como ejemplo que el que está en el aeroparque metropolitano lo mandó a hacer Frondizi”, dijo. Otra prueba de triste continuidad.

Médicos. Mientras Mengele se dedicó a la actividad privada, se hizo cargo de un laboratorio de medicamentos, hubo otro científico nazi que llegó con extrañas teorías y tuvo un destacado empleo público. Se trata de un nazi de origen dinamarqués, Karl Vaernet, que realizó sus temibles experimentos en el campo de concentración de Buchenwald. Lo que se proponía era “curar” a los homosexuales. Según estimaba, la condición era una enfermedad originada en la falta de testosterona. Hasta la llegada al poder de los nazis, trabajaba con aves (con su terapia hormonal habría conseguido que una gallina cantara como un gallo), pero los campos de exterminio le permitieron contar con sujetos humanos de experimentación.

“Llegó a la Argentina a comienzos de 1947, le dieron un cargo en el Ministerio de Salud e inauguró una clínica en Uriarte 2251, Palermo”, expresó De Nápoli, que en su libro da cuenta de las numerosas fuentes históricas que señalan la actividad criminal del médico. Sin embargo, dice, Dinamarca se opuso a pedir su extradición y Vaernet murió en 1965 y fue enterrado en el Cementerio Británico de Buenos Aires.

Además del desperdicio que hizo la Argentina de esas mentes brillantes queda entonces otra sensación: al mundo no le importaron esos crímenes si luego podían poner esas mentes al servicio de la “democracia”.
Fuente: Diario Perfil.

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