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Friedrich Bergius.

La increible historia de Friedrich Bergius.

Una tarde de junio de 1932, dos altas autoridades de I. G. Farben, el gran complejo químico alemán, fueron conducidas en un coche descapotable desde un hotel de Munich hasta Prinzregentplatz. Adolf Hitler, líder del Partido Nacional Socialista, aspirante a Führer, los había citado en su departamento privado. Los directivos -uno químico, el otro de relaciones públicas- iban al encuentro con la idea de convencer al futuro canciller de que el combustible sintético en el que la Farben venía trabajando, fabricado en base a carbón, podía cortar la acuciante dependencia alemana del petróleo extranjero.

Después de dos horas y media de reunión, Hitler se convenció de que ese combustible sería una pieza importante, sino esencial, en la Alemania fuerte con la que soñaba. “Una economía sin petróleo es inconcebible en una Alemania que desea seguir siendo independiente políticamente. Por esto -habría dicho-, el carburante alemán para motores debe hacerse realidad, aunque para conseguirlo se necesiten grandes sacrificios.”

Daniel Yergin -el Premio Pulitzer que reconstruyó esta escena en su libro La historia del petróleo – no identifica a los visitantes, pero el químico en cuestión podría ser Friedrich Bergius, el mismo que unos 15 años después, tras la caída del Tercer Reich, huiría de Alemania y recalaría, con documentación falsa, en la Argentina. Arribado a Buenos Aires, el científico -de acuerdo a nuevas investigaciones- se reuniría en secreto con Juan Domingo Perón, entonces presidente, con el propósito de reproducir aquí la fabricación de combustible sintético.

Nazis en la Argentina

El rastro tenue que dejó Bergius en la Argentina, tan leve que ha sido casi lavado por el olvido, desvela a Carlos De Nápoli, autor que ha escrito varios libros sobre los nazis en el país (ver recuadro). En trance de escribir uno nuevo, sobre científicos del Tercer Reich fugados a estas tierras, el investigador dio con la figura de este químico que era considerado una suerte de héroe en la Alemania de Hitler (Edgar von Schimdt-Pauli le dedicó el libro Bergius. Un inventor alemán lucha contra el bloqueo inglés ) y que podría haber cambiado el perfil industrial de la Argentina.

“Desde finales de la Primera Guerra Mundial y hasta la caída de Hitler, la economía alemana se basa en los descubrimientos de tres científicos: Fritz Haber, Carl Bosch y Friedrich Bergius -afirma De Nápoli-, Bergius fue el nazi más importante que pisó la Argentina. Comparado con él, Eichmann era un simple cadete. Aquí fue asesor personal de Perón y del Ministerio de Economía, y uno de los principales ideólogos del Plan Quinquenal.” Unos veinte años antes de aquel encuentro en Prinzregentplatz, Bergius había conseguido extraer combustible líquido del carbón mediante síntesis, en un proceso que se conoció como hidrogenación y que consistía, básicamente, en combinar hidrógeno y carbón a altas presiones y temperaturas. Por el descubrimiento de esta técnica recibió en 1931 el Premio Nobel de Química, que compartió con Carl Bosch, entonces presidente de I. G. Farben.

Luego de esa cita con el futuro Führer, la Farben hizo generosas contribuciones para la campaña política de los nazis. Y cuando Hitler se consagró canciller, en enero de 1933, no sólo mantuvo las subvenciones del gobierno al proyecto del conglomerado de empresas sino que lo convirtió en cuestión de Estado. Su intuición no falló: el combustible sintético de Bergius sería el elemento a partir del cual se estructurarían la economía y la industria nazi. También, la energía que alimentaría su maquinaria de guerra.

Bergius había nacido el 11 de octubre de 1884 cerca de Breslau, Silesia, en el seno de una familia tradicional que dio científicos, militares y empresarios. Luego de estudiar química en las universidades de Breslau y Leipzig, decidió hacer carrera como investigador, y en 1910 abrió un laboratorio propio en Hannover. Allí descubriría, en 1912, el efecto del hidrógeno sobre el carbón sometido a grandes presiones.

La primera fábrica piloto de combustible sintético se construyó en Leuna, en 1927. La reacción de la Standard Oil da una idea de la revolución científica que se estaba gestando. Cuenta Yergin que Walter Teagle, el entonces presidente de la petrolera norteamericana, viajó a Alemania a conocer las instalaciones movido por el temor de perder los mercados europeos. “No sabía lo que era la investigación hasta que vi aquello. Nosotros éramos bebes comparado con el trabajo que vi allí”, diría años después. Ya no había dudas: el combustible sintético alemán representaba una amenaza para los negocios de la Standard. En 1929, la empresa de la familia Rockefeller compra los derechos de la fórmula de Bergius para fuera de Alemania. Paga a la Farben con el dos por ciento de las acciones de la Standard, lo que equivalía a 35 millones de dólares.

En 1931, el proyecto de Leuna producía dos mil barriles al día. Era poco, pero el advenimiento de Hitler al poder apuró las cosas. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, Alemania tenía unas 18 plantas en producción. “Levantaron polos industriales en Silesia y la cuenca del Rhur -señala De Nápoli-. Todo se centraba en el carbón. Quemándolo generaban energía eléctrica. En otra fábrica hacían explosivos con una fórmula que habían descubierto Haber, también inventor de gases venenosos, y Bergius. Y en una tercera, la más importante, fabricaban combustible sintético. Cerca de estos complejos había campos de concentración, para aprovechar la mano de obra de los prisioneros. Diez de las 18 plantas de hidrogenación producían el 80% del total de nafta para aviones, de acuerdo a datos del comando de bombardeo estratégico norteamericano.”

El investigador señala que la fórmula Bergius también determinó la táctica de la Fuerza Aérea alemana, la blitzkrieg, o guerra relámpago, caracterizada por las maniobras incisivas de la Luftwaffe. “El de Bergius era combustible de alto octanaje. Tenía 120 octanos, contra 80 de la nafta que usaban los ingleses. Eso le daba a los aviones alemanes mayor velocidad. Con la nafta de Bergius no se podía competir. Pero era escasa, y por eso necesitaban golpear rápido.”

A pesar del impulso que le da el Führer a la construcción de nuevas plantas, Alemania queda muy lejos de las 70 que el proyecto del gobierno preveía. Al finalizar la guerra, en mayo de 1945, una de las primeras medidas de los vencedores fue la destrucción de las plantas de hidrogenación, que antes habían sido objeto de los bombardeos. Se aplicaba así lo acordado tres meses antes por Churchill, Stalin y Roosevelt en Yalta, donde se había decidido la eliminación de las “industrias alemanas clave”, según relata Edward Stettinius, entonces secretario de Estado norteamericano, en su libro Roosevelt y los rusos .

Caído el Tercer Reich, se produjo la desbandada de jerarcas y científicos nazis. Algunos escaparon, mientras que otros fueron capturados y reclutados para trabajar en distintos países. La operación Paperclip, de los norteamericanos, dio por ejemplo con la captura de Werner von Braun, que desde la NASA ayudaría a llevar al hombre a la Luna. Bergius escapó a Madrid, donde -de acuerdo con el investigador- le formuló a Franco una oferta análoga a la que después le haría a Perón: producir combustible sintético con el carbón de las minas de Asturias. Pero España salía de la Guerra Civil y no contaba con dinero suficiente para levantar las plantas.

¿Cómo contacta el gobierno de Perón a Friedrich Bergius en Madrid? Según De Nápoli, por iniciativa y gestiones del espía Dietrich Niebhur, agregado naval y aeronáutico de la embajada de Alemania en Buenos Aires, y además jefe regional de la organización secreta Etappendienst, encargada del abastecimiento clandestino, desde países neutrales, de los barcos alemanes que actuaban lejos de sus bases durante la guerra. Bergius habría sido contactado en España por Santiago Peralta, uno de los encargados de organizar la llegada de nazis al país, señala el investigador, y se habría embarcado para la Argentina con un documento falso facilitado por la embajada argentina en Madrid.

“A Perón le llevaron a Bergius como la joya de la corona. Hubo una reunión en una estancia de San Miguel del Monte, donde Perón y Evita agasajaron con un asado al científico, que llegó hasta allí en una limusina Buick de siete plazas, acompañado de otro alemán, posiblemente Niebhur”, dice De Nápoli, según el relato que recogió de un viejo chofer de la Secretaría de Industria y Comercio que hoy tiene más de 90 años.

“El Plan Quinquenal de Perón no es otra cosa que el Plan Cuatrienal de Hitler adaptado a la realidad argentina por Friedrich Bergius”, añade el investigador, y señala que en julio y agosto de 1945 los submarinos alemanes U-530 y U-977, al mando de Otto Wermuth y Heinz Schäffer, respectivamente, habían arribado a las costas de Mar del Plata con documentación técnica y científica de ese plan del Reich (1936-1940).

Para probar su tesis, De Nápoli exhumó fragmentos del “Plan de Gobierno 1947-1951”. En la página 36, según una copia que obtuvo en la secretaría de Industria, puede verse el detalle de las acciones previstas en el área de “Combustibles Minerales”. Allí figura el proyecto de instalación de una planta de hidrogenación en Río Turbio, para la producción de aeronafta y fuel-oil. Y para 1951 se preveía la explotación de 500.000 toneladas de carbón. Eso equivalía a mil millones de litros de combustible de altísima calidad. “El 60% del presupuesto del Plan Quinquenal está dedicado directa o indirectamente a energía, y el plan de energía lo delinea Bergius”, dice el investigador.

Poco y nada se sabe de la vida del científico en Buenos Aires. Lejos estaba de frecuentar, como Adolf Eichmann, el coronel Werner Baumbach y el general de la Luftwaffe Adolf Galland -otros fugados a Buenos Aires al terminar la guerra- un bar de Corrientes al 300, dice De Nápoli. Tampoco figura oficialmente como asesor del Gobierno. Pero un obituario publicado el 31 de marzo de 1949 en el diario La Prensa echa algo de luz sobre el asunto. “Falleció ayer el sabio alemán Federico Bergius”, arranca el texto, que le reconoce al científico “descubrimientos que, en su hora, revolucionaron la ciencia y abrieron para las industrias las puertas de caudalosas corrientes aprovechables”. Menciona su Nobel de Química de 1931, y señala que Bergius asimiló el método de un “calificado maestro”, Fritz Haber, “el mago alemán que logró convertir el nitrógeno del aire en poderosos explosivos”. Según el obituario, “los azares de la guerra” alteraron el ritmo de sus “fecundas actividades” y lo llevaron a radicarse en la Argentina, donde “el profesor Bergius aplicaba sus conocimientos científicos en la Dirección de Combustibles Vegetales y Derivados de la Secretaría de Industria y Comercio”.

La página web de la Fundación Nobel confirma el dato: “Emigró a la Argentina, donde la muerte puso fin a su exitosa carrera en Buenos Aires en 1949”, dice su reseña biográfica. Lo que no dice -lo que no ha quedado claro- es la forma en que murió. Con los intereses petroleros al acecho y con su pasado al servicio del Tercer Reich, las hipótesis se multiplican.

De cualquier modo, con él murió también el proyecto de producir combustible sintético en Río Turbio, cuyos aprestos se habían iniciado. Los restos del científico, según la necrológica, descansan en el cementerio alemán de Buenos Aires. Pero no están solos: le hacen compañía los restos de Hans Langdorff, comandante del Graff Von Spee, que se pegó un tiro el 20 de diciembre de 1939, en Buenos Aires, luego de que su acorazado se fuera a pique en el Río de La Plata tras un enfrentamiento con barcos de la Marina británica. Según algunos, se había quedado sin combustible.

Por Héctor M. Guyot para La Nación.

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