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Eichmann en Argentina

Los diez años que Eichmann se mantuvo oculto en la Argentina

El Estado no lo vio llegar, permanecer ni partir secuestrado por un comando israelí.

El hombre que desde su escritorio condenó a millones de personas a la cámara de gas durante el nazismo fue también un peón que se dejó fotografiar con gesto afable, poncho y sombrero junto a un ranchito tucumano a mediados del siglo XX. El burócrata de las SS que aplicó lógica industrial al servicio de uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad vendería una década después jugos de fruta en un puerto de la ribera bonaerense. Los contrastes y el recorrido de ese hombre son el eje de Eichmann en Argentina (Edhasa), la biografía del oficial nazi Adolf Eichmann que acaba de publicar Alvaro Abós.

“La historia del criminal más grande del siglo XX es la historia de un hombre que llega a un país donde el Estado no se entera de que ha llegado, no se entera de que vivía aquí y no se entera de que se lo llevan”, dice Abós. La huida de Eichmann comenzó en abril de 1945, con la caída del régimen nazi en el que se había desempeñado como director de la Oficina de Asuntos Judíos de las SS, encargada de ejecutar la “solución final”. Tras una larga travesía, el 15 de julio de 1950 Eichmann desembarcaba en la Argentina como Riccardo Klement. Cuando en 1960 un comando de los servicios secretos israelíes lo secuestró en Buenos Aires, el hecho desencadenó un incidente diplomático entre Argentina e Israel. Eichmann fue condenado a muerte y murió el 31 de mayo de 1962 en una cárcel de Ramla, Israel.

—¿Por qué elige la Argentina Eichmann?

—Había apoyos fuertes en la estructura del poder entre el 45 y el 50, pero sobre todo, Argentina era atractiva porque era un lugar sin memoria, el Estado argentino no tenía memoria, todos venían y los veía pasar. Era posible renacer viniendo de cualquier lugar y situación. Eichmann camina por Buenos Aires y se topa con muchos judíos. Yo averigüé que él y Josef Mengele, el médico alemán que también era buscado como criminal de guerra, tomaban el café en el ABC, sobre Lavalle, entre Reconquista y San Martín. Es posible que se hayan cruzado con el escritor (polaco) Witold Gombrowicz, que paraba en el café de San Martín y Corrientes.

Hay cierta ambigüedad en el libro respecto al rol del Estado argentino en el rescate de nazis.

—Esa polémica y la que habla del rol de Perón será infinita. Perón era el político maquiavélico por excelencia, pero él llega a la presidencia en febrero de 1946 y el Tercer Reich había caído en mayo de 1945. La opinión que pone en el centro de la cuestión que Perón era nazi… Yo no la comparto. Lo que sí le interesaba a él era aprovecharse de los restos del nazismo, pero tampoco era el único. Los Estados Unidos hicieron lo mismo con científicos como Wernher Von Braun.

—¿Qué aporta este libro a la bibliografía sobre Eichmann?

—Aporta la mirada argentina. La vasta bibliografía que hay, los grandes libros de la escuela anglosajona, son muy flojos sobre los diez años argentinos. Era un desafío contarlos. Tuvo un empleo en Tucumán haciendo planos de ríos, volvió a Buenos Aires, tuvo un hijo, hacía jugos de frutas en la estación de Vicente López, se compró un chalecito en Bancalari (Buenos Aires), levantó su casita, trabajó de obrero electricista. También conté lo que había detrás, lo que había hecho cuando el gran problema de las SS era cómo matar a millones de personas sin que el peso de esos muertos terminara sepultándolos a todos. Lo más sencillo de Eichmann es lo más horroroso de todo.

—Industrializa la muerte

—Claro, él encuentra la solución técnica, la combinación de cámaras de gas venenoso y hornos crematorios por la cual miles y miles de personas son asesinadas y sus cuerpos pueden volatilizarse en el aire. Como dijo Hanna Arendt, él es la banalidad del mal. Un burócrata cumplidor quizás era más peligroso que Hitler. Hitler era un loco, un delirante; en cambio Eichmanns puede haber muchos, nosotros tuvimos unos cuantos, eran todos grises. Ellos decían, “somos militares, hombres del Ejército y nos dijeron que aniquiláramos a la subversión”. No tuvimos un dictador como Porfirio Díaz en México. No produjimos genios del mal, pero sí varios Eichmann.

Washington revela detalles de la permanencia de Eichmann en la Argentina.

WASHINGTON.- El hijo de Adolf Eichmann, el odiado jerarca nazi, estaba desesperado. Y en un último intento por cerciorarse de que los israelíes no lo mataran como a su padre, ofreció a Estados Unidos entregarle a otra pesadilla nazi, el médico Josef Mengele, a cambio de una nueva identidad para él.

Rodolfo Eichmann no recurrió a intermediarios. El sábado 21 de agosto de 1962 ingresó en la embajada estadounidense en Buenos Aires. Reveló su identidad y pidió hablar con oficiales de inteligencia.

“Eichmann afirmó que estaba en contacto con Mengele por una transmisión de radio en código y ofreció secuestrarlo y llevarlo hasta un lugar donde un oficial de Estados Unidos pudiera identificarlo efectivamente como Mengele”, relató el jefe de inteligencia en Buenos Aires, en un cable hasta ahora confidencial, al que accedió LA NACIÓN.

Los estadounidenses quedaron en comunicarse con él. Lo definieron como un “individuo perturbado, neurótico”, pero también con datos que ameritaban “chequear la verdad en varios aspectos de su relato”. Ese y miles de otros cables y documentos secretos sobre el proceso de identificación, secuestro, juicio y ejecución de Eichmann fueron divulgados anteanoche por el Archivo de Seguridad Nacional (ASN). La institución logró que la CIA desclasificara miles de documentos propios o emitidos por el servicio secreto alemán, el Departamento de Estado y el FBI, entre 1940 y 1991, tras años de disputas burocráticas y judiciales.

Uno de esos documentos es el que revela aquel intento de Rodolfo Eichmann, relatado tres días después desde Buenos Aires al Departamento de Estado, en Washington. “Eichmann dijo que Mengele trabaja en un hospital, bajo protección militar, en un país de América latina [?] y que vivió en la Argentina hasta 1955 y en Brasil, entre 1955 y 1960”, relató el informante.

Otras pistas

Eichmann relató además que antes había intentado salvar la vida de su padre, también con Mengele como prenda de negociación. Presentó su oferta a un “jefe de la inteligencia israelí” en San Pablo, Brasil, pero fue rechazada de plano. Su padre, el jerarca nazi Adolf Eichmann, fue ejecutado semanas después de su primera oferta y antes de su reaparición por Buenos Aires.

“Para entonces, un alemán preso en una cárcel de Nueva York llamado Helmut Felsch había aportado otras pistas sobre Mengele, en febrero de 1961. “El doctor Josef Mengele supuestamente opera una cafetería en Buenos Aires y reside en Rosario, Argentina”, relató el convicto, ex subordinado de Eichmann. “Felsch afirmó haber visto Mengele en la Argentina durante su empleo [por el de Felsch] como marino mercante”, relató luego el agente del FBI que lo interrogó. De otros cables desclasificados, como uno del 15 de junio de 1960, surgen trazos de una hipótesis que pudo alterar la historia.

Uruguay planteó a los israelíes que devolvieran a Eichmann a la Argentina, con la garantía de que el gobierno de Arturo Frondizi lo extraditaría a Alemania Federal para que fuera juzgado allí. Ese plan también fue analizado por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, que al igual que Uruguay aludió a la embajada argentina en Tel Aviv como el lugar indicado para la devolución de Eichmann. Pero ese plan tendiente a que ambos países no rompieran sus relaciones diplomáticas, lo que hubiera favorecido a la Unión Soviética en plena Guerra Fría, no fue aceptado por el gobierno argentino -que estaba convencido de que Alemania, a su vez, lo extraditaría luego a los israelíes-, ni por Israel.

Los diplomáticos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia intentaban, mientras tanto, concertar una reunión entre Frondizi y el primer ministro israelí, David Ben Gurión, para que ambos buscaran una salida consensuada. Tras varios vaivenes, el encuentro se acordó para junio de 1960, en Bruselas. Pero se frustró por los recelos de ambas partes. Golda Meir, desconfiaba de los verdaderos deseos de un país “donde se albergó a nazis”. Su par argentino Mario Amadeo exigía “una reparación moral” por la violación de la soberanía nacional.

Israel admitió, por lo bajo, su sorpresa por la “dureza de la respuesta argentina” ante su derecho “moral” de juzgar a Eichmann, mientras negaba que el Mossad lo hubiese raptado. Sólo lo reconoció de manera oficial en febrero de este año. Eichmann fue llevado en secreto a Israel y fue colgado en 1962, tras un dramático juicio en Jerusalén. Sus cenizas fueron arrojadas al mar, más allá de los límites de las aguas territoriales israelíes.

Para entonces, relatan otros informes de la CIA y del FBI de febrero de 1961, otros jerarcas nazis que habrían vivido en la Argentina como Mengele y Martin Borman, el segundo de Adolf Hitler, habían desaparecido casi sin dejar rastros. Rumbo a Brasil o Paraguay.

Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en EE.UU del Diario La Nación.

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