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Testimonios.

Liza y Ana, dos destinos

Liza Zajac de Novera

Un cuento para mis nietos

Liza Zajac

Liza era una niña de 12 años y acababa de terminar el colegio primario, habiendo rendido un brillante examen para ingresar al colegio secundario. Vivía en una ciudad de 10.000 habitantes rodeada de bosques de pinos en el lejano país europeo, Polonia.

Liza era una niña muy sensible y soñadora. En invierno, cuando los pinos y todo su alrededor se cubría de nieve sentía un enorme placer al contemplar esta belleza y en primavera, al comenzar el deshielo y cuando entre el pasto marchito por las heladas aparecían los primeros brotecitos de pasto nuevo de color verde manzana, o los primeros pimpollos de futuras hojitas en las desnudas y temblorosas ramitas de los abedules, su corazón palpitaba más fuerte y gozaba enormemente al ver renacer la naturaleza…

La conmovían profundamente los libros que leía en aquella época, como: “Los Miserables” de Víctor Hugo, “Los Tres Mosqueteros”, “La Cabaña del Tío Tom”, “El llamado de la Selva” de Jack London y muchos otros.

En su pequeño rincón de la humilde vivienda donde hacía los deberes y guardaba sus libros, entre cuyas hojas se podía encontrar más de una vez flores silvestres desecadas de las praderas, que abundaban en los alrededores, perfumando el aire con su aroma, la niña soñaba con estudiar algún día historia –que era su pasión– e idiomas, para los cuales tenía mucha facilidad. Tenía muchas amigas. Entre ellas, María, de religión católica, la más íntima y la más amada. Corría el año 1939… El primero de septiembre empiezan las clases en el hemisferio norte. El destino no permitió que la niña empezara el colegio secundario. Este día cayeron las primeras bombas de los nazis alemanes sobre su país y se desató el infierno. Empezó la terrible Segunda Guerra Mundial, que duró 6 largos años y dejó un saldo de 50 millones de muertos.

Liza no llegó a vivir su adolescencia. Le fue arrancada brutalmente, porque un paranoico, que llegó a dominar Europa, llamado Hitler, dictaminó que un pueblo íntegro al cual ella pertenecía, debía desaparecer de la faz de la tierra: los judíos.
Fue encerrada en un “ghetto”, rodeado de alambre de púas. Durante varios años sufrió hambre y muchas penurias junto a su familia que se componía de 5 personas.
Desde el otro lado del alambrado, sin poder acercarse, María a menudo la saludaba agitando de lejos el brazo y las dos niñas se preguntaban por qué una fue mandada a vivir y la otra estaba esperando la muerte…

Durante los próximos 3 años fueron sistemáticamente aniquilados todos los integrantes de su vasta familia, alrededor de 80 personas, entre ellas sus padres y hermanitos, que junto a los demás integrantes de su pueblo sumaron 6 millones de los cuales un millón y medio eran niños…

Las universidades de Liza fueron los 5 campos de concentración, entre ellos el más siniestro –Auschwitz– donde permaneció durante dos largos años. Tuvo el triste privilegio de conocer al Dr. Mengele a quien llamaban “el ángel de la muerte” por realizar experimentos con los reclusos de los campos de exterminio, cosa que comúnmente se hace con ratones.

Aprendió varios idiomas, pero no en la universidad como había soñado, sino compartiendo los golpes, el hambre y la miseria junto a integrantes de otros pueblos, que corrieron la misma suerte que ella. Liza lleva tatuado en el brazo un número que se convirtió en el número de la denigración humana.

No pudo cumplir ninguno de los sueños… Pero el destino quiso que Liza sobreviviese. Las situaciones límite y el instinto de conservación la fortalecieron a pesar de todo. Pudo sobrevivir al horror de este infierno. Destrozada física y anímicamente, después de la liberación, se fue recuperando lentamente, llegó a la Argentina traída por parientes, formó una familia, apostó a la vida y sueña con un mundo mejor para sus nietos, un mundo en paz y sin discriminación.

Existió en la misma época también, en un lejano país europeo, Holanda, otra niña de la misma edad, de nombre Ana, que tuvo los mismos sueños para el futuro que Liza.

Ana Frank

Ana, durante la ocupación de su país por los esbirros nazis se escondió en una buhardilla junto con su familia, esperando tener la suerte de sobrevivir al horror de la persecución. El padre, para el último cumpleaños, le había regalado un diario para que la niña anotara sus vivencias al terminar el colegio primario. Ana empezó a anotar efectivamente sus vivencias, pero en el escondite, donde permaneció durante casi dos años, soñando como casi todas las adolescentes, mirando a través de las rendijas de la buhardilla cómo brillaba el sol, y haciéndose las mismas preguntas que Liza se hacía en el ghetto: ¿por qué no puedo gozar libremente del sol, de la primavera, por qué no puedo admirar libremente los pimpollos de los árboles, por qué no puedo andar libremente en bicicleta con mis amigos? Y no encontraba respuesta.

Pero el destino no quiso que la niña sobreviviese. Fueron delatados y descubiertos.
Ana, una hora antes del fin, escribió todavía en su diario:
“asombra que yo no haya abandonado aún todas mis esperanzas… Me aferro a ellas, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la bondad del hombre”.

Ana Frank una hora después fue llevada al campo de exterminio de Bergen Belsen dónde pereció junto con su hermana mayor en marzo de 1945, dos meses antes de ser liberada Holanda por los ejércitos aliados…

Si Ana hubiese sobrevivido, tendría ahora la edad de Liza y seguramente también tendría nietos y soñaría para ellos con un mundo mejor y en libertad…

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